JUSTICE – AUDIO, VIDEO, DISCO
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24.10.2011
Siempre que
se le hace una pregunta a un artista o grupo sobre sus reflexiones a la hora de
encarar la grabación de un nuevo disco aparecen las eternas respuestas
recurrentes, al estilo de lo que sucede con los futbolistas cuando son cuestionados
en rueda de prensa: “nuestro objetivo es
mejorar”; “no queremos repetir la
fórmula pero tampoco cambiar radicalmente”; o, rizando el rizo del tópico
del músico, “deseamos dar un salto
creativo pero sin pasarnos de novedosos”. Consulten la entrevista a un
cantante o compositor envuelto en tal situación que tengan más a mano: seguro
que aparecen, al menos, dos de esas tres contestaciones. Aunque si el tema que
se trata es el del tan temido segundo álbum que, teóricamente, debe dar
continuación a un celebrado y alabado debut, el asunto se complica sobremanera.
Mejor dicho: se vuelve absolutamente plano, porque aparece la coartada perfecta
para que se puedan pronunciar esas palabras carentes de significado en la
mayoría de los casos. Los últimos en verse metidos en tal tesitura fueron
Justice, empujados por la obligación de satisfacer la curiosidad de todos
aquellos (sobre todo el sector más vacuo del moderneo recalcitrante) que esperaban
como agua de mayo la versión 2.0 de su aclamado estreno, “†” (Ed Banger, 2007).
Como
era de esperar, Gaspard Augé y Xavier
de Rosnay aprovecharon cada declaración pública para marcar las distancias necesarias
entre el LP que universalizó su símbolo de la cruz (más famoso que el de
Jesucristo, como habría dicho John Lennon) y su sucesor, “Audio, Video, Disco” (Ed
Banger, 2011), siguiendo las pautas que ya habían establecido otras formaciones
(desde Klaxons hasta Digitalism) encuadradas dentro del vilipendiado nu-rave
para huir de tal efímera etiqueta. Con todo, el single de presentación (vía
anuncio de adidas) de su nueva obra, “Civilization”,
no se alejaba demasiado de las coordenadas clubber-hedonista-nocturnas entre
las que se movían “D.A.N.C.E.”, “Stress” o “DVNO”, lo que permitió que el corte de marras se machacase hasta
la saciedad en sesiones de discotecas y festivales indie a lo largo de todo el
verano pasado. Pero la pareja francesa se encargó rápidamente de tirar abajo
toda esperanza de que volvieran a repetir el bombazo de “†”:
primero, por las hechuras de la propia “Civilization”,
hilvanadas por las estruendosas agujas electro-rock de Justice aunque sin el
punch ni la fiabilidad de sus predecesoras; y, segundo, porque ellos mismos
avisaron de que su nuevo álbum no plantaría sus raíces en la parte más lasciva,
sucia y sudorosa de la noche, sino que se dejaría iluminar por la luz del día
en todo su esplendor (permuta que se advierte desde las portadas de los
respectivos discos). Vamos, que venían a decir que pasaban de seguir acudiendo
a los afters y que preferían no cruzar sus puertas para mantener sus ojos
despejados y mirar hacia el sol mañanero sin deslumbrarse. Sólo faltaba
que los miembros del dúo concretasen un poco más su ‘novedosa’ propuesta…
Y en
esto que comenzaron a incluir en su retahíla de justificaciones el prefijo
‘prog’. Peligro en el ambiente: ¿de qué iba todo eso? Simple y llanamente, de
que su máxima inspiración mientras pergeñaban “Audio, Video, Disco” había sido el rock progresivo de los 70, sus
estructuras, sus movimientos de guitarra y, claro, sus bandas más
significativas. Entonces, surgía otra duda: ¿se habían olvidado de sus adorados
Daft Punk? No tanto, ya que, más allá de sus similitudes sonoras, incluso
calcaron sus, aparentemente, decisiones arriesgadas: tras “Homework” (Caroline, 1997), Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas
Bangalter se sacaron de la manga “Discovery”
(Virgin, 2001), un trabajo de difícil asimilación al comienzo pero que, con
los años, se fue convirtiendo en toda una referencia clásica del reciclaje
ochentero; del mismo modo, Justice pretenden cambiar de registro para, quién
sabe, encumbrarse como guías de la recuperación setentera de las futuras
generaciones musicales…
No, realmente
no hay muchas posibilidades de que esa ideal estampa se haga realidad, porque “Audio, Video, Disco” no posee ninguna
virtud para ello, empezando por el aire a pastiche que exuda su contenido, cercano
a lo que se podría denominar prog-electro-rock. Sin embargo, en este salto
cualitativo y temporal, Augé y de Rosnay no tiran de los postulados lunares de
Pink Floyd y derivados, sino más bien del fondo de armario pop de la Electric
Light Orchestra (el look de Augé imita con fidelidad al de Jeff Lynne en su
mejor época), Supertramp y, por encima de todos, Queen. De hecho, “Brianvision” está dedicada,
directamente, a Brian May y sus legendarios punteos guitarreros; y la intro de “Parade” incita a levantar las palmas al
unísono de idéntico modo que lo logra “We
Will Rock You”. Junto a ellas aparecen “Newlands”,
cuyas notas de sintetizador iniciales se asemejan a las del piano de Roger
Hodgson, y “Ohio” más “On’n’On”, tan aseadas e inofensivas
como cualquier medio tiempo de la E.L.O. Los fans ‘justicieros’ que se estén
llevando las manos a la cabeza deberán conformarse con meros sucedáneos del
ruidismo electrónico (o decantarse por el último LP de SebastiAn) del que
disfrutaban hace cuatro temporadas: “Horsepower”,
“Canon” y “Helix”, la cual recupera para la causa el espíritu daftpunkiano al
combinar los característicos ascendentes teclados filtrados de sus compatriotas
con la arquitectura cósmica del gurú Giorgio Moroder.
En “Audio, Video, Disco” hay leña
suficiente para montar una hoguera de proporciones mayores que las que utilizaban
los bomberos distópicos en “Farenheit
451” (Ray Bradbury, 1953) para acabar con los libros. De la quema sólo se
salvarían la ya mentada “Civilization” (sorprendentemente)
y la homónima “Audio, Video, Disco”,
la pieza con el pulso y el estribillo más pop del conjunto, motivos que valen
para situarla como la cumbre del disco. Es decir: muy poco bagaje para Augé y de
Rosnay, que estaban destinados a romper la pana de la electrónica del siglo XXI
y se quedan en inocentes practicantes de insípidos ejercicios de estilo.

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