COLDPLAY – MYLO XYLOTO
[5.2]
28.10.2011
Cuenta la
parábola de ficción religiosa perteneciente al Génesis que Dios creó el primer
día la luz y la oscuridad; el segundo, el cielo y el mar; el tercero… Bueno,
continuó sin descanso su ciclópeo trabajo jornada tras jornada hasta llegar al
sexto, cuando se sacó de la nada al hombre y los animales; y en el séptimo,
cuando debió haber parado para relajarse, engendró a Coldplay… Pero no a su
imagen y semejanza, sino a la de U2, que ya convivían con el ente divino de
barba blanca, según las escrituras de Bono (¿U2 = Dios? Los cristianos de regio
linaje nunca lo permitirían…). Esta metáfora bíblica describe a la perfección
el estatus que poseen hoy en día Chris Martin y compañía entre sus seguidores
más devotos. Muy lejos, demasiado, queda la época en que los británicos eran
unos mozalbetes barbilampiños cuyos sueños no tenían que ver precisamente con
conquistar el mundo vestidos con uniformes de alta costura sacados de un
soldado de la Guerra de Secesión, armados con un pop mesiánico de dimensiones
místicas y pertrechados de una munición formada por mensajes ahora buenrrollistas
ahora lacrimógenos, azúcar a toneladas, confeti de gominola y bolones de
pintura multicolor.
A ese nivel maximalista
llegaron los prometedores Coldplay de hace once años, los mismos que firmaron el
brillante “Parachutes” (Nettwerk,
2000), su primer gran disco visto desde una perspectiva global, no desde el
ángulo de los singles puros y duros. En ese sentido, el cuarteto sostuvo una
línea regular de calidad, pero no tanto en lo concerniente a sus álbumes: “A Rush Of Blood To The Head” (EMI,
2002) logró pasar la prueba del tiempo y se situó como su segundo mejor LP por
su enorme potencial y porque los llevó con clase a triunfar entre las masas.
Sin embargo, las alarmas se encendieron con el pomposo “X & Y” (Capitol, 2005) y continuaron sonando, no tan
agudamente, con “Viva La Vida” (Capitol,
2008), más contenido que su antecesor (con algunos tramos destacables) aunque de
idéntico éxito abrumador, tan exagerado que se podía pensar que Coldplay habían
colmado sus expectativas megalómanas (si las tenían) para bajarse de la nube y
retomar de nuevo la vía terrenal… No para volver a sus inicios (imposible),
pero, al menos, sí para sopesar dejar a un lado las fanfarrias celestiales.
Lo peor del
asunto era que, atendiendo al croquis que iba dibujando su trayectoria
discográfica, los británicos se estaban aproximando peligrosamente a, por
supuesto, U2 (incluyendo el empeño de Chris Martin en salvar el mundo a través
de sus causas benéficas -por otra parte, muy loables-). Los mismos conceptos
que se aplicaban a los irlandeses, se empezaron a asociar sin rubor a Coldplay,
sus discípulos más correctos: épica, bondad mediática y grandilocuencia, todo
empaquetado en un pop de estadio hiperbólico e inalcanzable para la mayoría del
resto de grupos. Por ello, les correspondía, asentados en la cumbre más alta,
dar esquinazo a su rutina creativa más previsible del mismo modo que lo habían
hecho sus ‘padrinos’ con la publicación de “Pop”
(Island, 1997), su álbum electrónico. Sin llegar a representar un cambio
radical tan evidente, la quinta obra de Coldplay, “Mylo Xyloto” (EMI, 2011), toma parecidos derroteros en cuanto al
planteamiento de la producción, pero se dirige a un destino muy diferente.
La primera
sorpresa llegó con el controvertido single de adelanto “Every Teardrop Is a Waterfall” y su polémico sample de piano
saqueado del “Ritmo de la Noche” de Mystic
y no del “I Go To Rio” de Peter Allen
(por mucho que insistieran en él en los créditos), lo que provocó que aquí en
España la banda se convirtiera en trending topic twittero (#coldplaydelanoche)
y más de uno relacionara la composición con la terrible versión de Yola
Berrocal: fueron sólo dos de las múltiples consecuencias de haber dado saltos
acrobáticos sin red que ayudaron, no obstante, a que el tema se escuchara por
doquier y hasta llegase a gustar por reiteración.
Ciertamente, el panorama no
era nada halagüeño, y el miedo al descalabro se mantuvo cuando se conoció que
la más convencional, mecanizada y arquetípica “Major Minus” (mezcla de guitarras acústicas con los consabidos
acordes eléctricos a lo The Edge) formaría parte del LP. Al mismo tiempo que se
iban descubriendo más detalles sobre “Mylo
Xyloto”, como la colaboración de Rihanna (de la que se hablará más
adelante), el grupo iba mostrando en sus conciertos veraniegos algunas nuevas
piezas de su repertorio: “Charlie Brown”
(elevación al cubo de “Life In
Technicolor II”, que en disco se mueve con voces entre angelicales y
tribales y sirve de trampolín para glorificar el gorgorito agudo y el piano de
Chris Martin), “Us Against The World” (balada
semi-optimista que ahonda una vez más en la manida lucha contra las
adversidades que intenta propagar la banda), “Paradise” (obligatoria maniobra sensiblera cuyo estribillo, si se
le da varias oportunidades, llega a enganchar) y “Hurts Like Heaven” (auto-tuneada a la par que vibrante).
Curiosamente, estas cuatro canciones (más una intro y un interludio) forman la
primera mitad del LP, de largo lo más compacto del lote, porque lo que viene
después se derrumba poco a poco como un edificio en ruinas.
Las ya
nombradas “Every Teardrop Is a Waterfall”
y “Major Minus” hacen de bisagras
de la puerta que da acceso a un decorado desolador, con los objetos que lo
componen cubiertos por sábanas para no dejar vislumbrar su verdadero estado
calamitoso. En un vistazo inicial, “U.F.O.”
confunde al intentar simular la expresión desnuda de la era “Parachutes”, en la que primaba la
melodía certera, aunque desemboca en un corte insulso que carece de ella. Pero
los peores presagios se manifiestan a renglón seguido: “Up In Flames” se desliza sobre una almibarada base programada que
bien podría haber sido firmada por Maroon 5 (¿es esta la aspiración -e
inspiración- actual de Coldplay?); “Don’t
Let It Break Your Heart” aviva el ritmo para que Chris Martin tenga una
excusa más para levantar sus brazos-muelle y practicar sus cargantes brincos
cuando la traslade a los directos; “Up
With The Birds” arranca con un suave piano y crece progresivamente hasta
culminar en una explosión de caramelo apta para la BSO de un remake de “El Mago de Oz” (Victor Fleming, 1939) pero
poco aconsejable para diabéticos; y “Princess
Of China” colma el vaso de los despropósitos al ser el engendro en el que
colabora la mismísima Rihanna con el objetivo de huir de su (ganada a pulso)
fama de niña mala calentorra y despendolada. Eran conocidos los deseos de
Martin de introducir su cabecita en el mercado (negro) norteamericano (Jay-Z ya
había rapeado en la revisión de “Lost!”),
y con este bodrio R&B lo logrará con creces: presumiblemente, liderará la lista
de sencillos de Billboard (y la de The Official UK Charts y Los 40 Principales,
naturalmente).
Tal ristra
de dislates contó además con el beneplácito del santísimo Brian Eno (el
arcángel de U2 que ya había metido mano a “Viva
La Vida”), que ayudó en las tareas de estudio y, por lo tanto, fue cómplice
de este gran desliz de Coldplay llamado “Mylo
Xyloto” y pronunciado “mai-lo
zai-loto”. Con diferencia, su peor trabajo (con el peor título), aunque los ‘talifanes’
del grupo lo defenderán a capa y espada y, a pesar de todo, continuarán rezando
en sus plegarias aquello de “por los siglos de los siglos… Coldplay”.

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