DAVID
LYNCH – CRAZY CLOWN TIME
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08.11.2011
Música y
cine, cine y música. Dos de las siete artes primordiales que comenzaron a
relacionarse en cuanto el celuloide empezó a rodar y a unirse indefectiblemente
hasta la eternidad cuando Al Jolson propagó el sonido de sus cuerdas vocales a
través de las pantallas cinematográficas en “El Cantor de Jazz” (Alan Crosland, 1927). Esta conexión obligada e
incluso divina fue evolucionando década tras década fuera del contexto estrictamente
técnico gracias a los saltos que los artistas de ambas disciplinas dieron de un
lado a otro para ampliar sus miras creativas, experimentar con nuevos
materiales o, simplemente, hinchar sus egos. La figura más destacada de ese
proceso fue y es la del actor / actriz metido a músico pero, a veces en un
segundo plano, también existen sobresalientes casos de directores que
intentaron introducirse en el negocio discográfico más allá de intervenir
directamente en las bandas sonoras de sus películas. Son tantos los ejemplos de
estas metamorfosis que mejor que cada uno se quede con su representación
favorita y la califique como un triunfo merecido o un acto de vergüenza ajena
insuperable. En última instancia, este sencillo juego puede servir igualmente
para certificar qué nombres poseen verdadero talento para meter sus pies en
fangos ajenos y salir indemnes.
David Lynch
pertenece a este grupo por derecho propio: nunca le bastó construir un universo
personalísimo en torno a sus multiformes films, sino que su inquieta cabeza
creadora lo empujó a probar (con gran fortuna) en otras especialidades, entre
las cuales la música se lleva la palma: en este campo, su trabajo más conocido
y notorio fue la producción y la composición de parte de los discos de Julee
Cruise junto a Angelo Badalamenti, amén de aportar sus propias piezas a los soundtracks de sus obras visuales. Es
decir: nada que no sepa ya sobre el director el aficionado medio. Sin embargo,
puede que a este se le haya escapado que el norteamericano incluye en su
currículum un álbum de rock acompañado de John Neff (“BlueBob”; Soulitude, 2001), la colaboración en dos cortes de “Dark Night Of The Soul” (Capitol
/EMI, 2010), disco de Danger Mouse y Sparklehorse, y la fundación de su sello
discográfico, David Lynch MC, en el que da cobijo a todo tipo de propuestas,
como la de la cantante de origen afgano Ariana Delawari. Esta hiperactividad,
que mezcla el espíritu del hombre renacentista con el del hombre multitarea característico
del siglo XXI, debió de convertirse en el principal propulsor de la idea que, seguro,
rondaba desbocada por la cabeza de Lynch: arriesgarse a probar con otro estilo
musical, el electrónico, y reflejar en él su personalidad más fielmente sin que
el intento se quedase en una broma o un desvarío.
El artefacto
con el que pretende satisfacer ambos deseos es este “Crazy Clown Time” (Sunday Best Recordings, 2011), de apariencia
tan retorcida como su actual peinado, esquizoide como su portada (en la que aparece
una mano sucia con un extraño mensaje escrito sobre el dedo índice tirando un
dado de idéntica forma que lo haría el ente que maneja nuestros destinos) y abierta
como su título, apto para recibir variadas interpretaciones: desde que es una
probable auto-referencia hasta que resulta muy apropiado para aplicarlo a la
época trufada de payasos tarados que nos tocó vivir. Esta vez, para mantener
intacta su peculiar huella, Lynch se ocupó en solitario de elaborar el fondo y
la forma de cada tema, y se asoció únicamente con el ingeniero de sonido Dean
Harley durante las tareas de grabación en el estudio. Por ello, este LP es el
primero que lleva la firma lynchiana en exclusiva, hecho que ya se advirtió en
su avanzadilla: “Good Day Today”,
corte electro-pop vocoderizado y agitado con líneas de sintetizador que se
cubren con la capa misteriosa y sombría que definen los ambientes que frecuenta
el norteamericano; y “I Know”,
canción de comatosa cadencia dub en la que la voz de Lynch semeja la de un espectro
atrapado en un mal viaje triposo.
De este modo,
quedaban claras las intenciones tenebrosas del nuevo David Lynch músico /
cantante / compositor, aunque se esperaba que cayera alguna sorpresa en forma
de malabarismo surrealista marca de la casa. Dada la amplitud de “Crazy Clown Time” (catorce canciones:
más de una hora de extensión), hay lugar suficiente para eso y más, empezando
por la intromisión de Karen O (Yeah Yeah Yeahs) en “Pinky’s Dream”, relato que recurre al extraño asunto de los seres
que flotan en otras dimensiones. La narrativa onírica, alucinógena e incluso
trascendental que tan hábilmente utilizó en sus películas se materializa aquí en
pasajes humeantes derivados de Massive Attack (“Noah’s Ark”), en lamentos de blues añejo bañados en ácido
enmohecido (“Football Game”) o
aderezados con guitarras crepusculares tocadas en el porche de una cabaña situada
en cualquier bosque frío y profundo del noroeste de Estados Unidos (“The Night Bell With Lightning”, “Crazy Clown Time”, “These Are My Friends”) y en descensos sin retorno a pozos
emocionales repletos de mugre (“Speed
Roaster”, “She Rise Up”). Junto a
ellas, el spoken word robótico de “Strange
And Unproductive Thinking” y la melodía más convencional de “Stone’s Gone Up” hasta resultan luminosas
y refulgentes, cuando en realidad no huyen de la atmósfera subyugante bajo la
que transita todo el largo y en la que, por momentos, da la sensación de que
uno se vaya a topar con el perturbador enano de “Twin Peaks” danzando a su alrededor…
David Lynch
no abandona, por tanto, su oblicua manera de interpretar el arte (sea cual sea)
ni de inyectarle sangre negra. Ese fluido que dio vida a su vasta y compleja
cinematografía es el mismo que se desliza por las venas de “Crazy Clown Time”, un disco que se mueve al ritmo de la
respiración de su artífice y se desarrolla según los perversos pulsos
eléctricos de sus neuronas. O lo que es lo mismo: en función del aliento y el
cerebro de un ser capaz de caminar con el fuego y romper, desde hace tiempo, los
tópicos y las barreras establecidas entre música y cine, cine y música.

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